No llegaste con ruido,
ni con la luz violenta de los relámpagos.
Traías pájaros dormidos
que respiraban como lámparas,
como quien entra en una casa
que ya conoce desde siempre.
Era la tarde, las sillas tenían frío,
las paredes pesaban como ropa mojada.
Te sentaste en la silla donde nadie se sienta
y la silla comenzó a florecer.
Apoyaste tus pies cerca del pan
y el techo se llenó de trigo,
dejando tu sombra colgada en el perchero.
Hablamos de Rohmer,
en medio de un mar
creado con tus ojos verdes.
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