En otro tiempo, las hojas temblaban
y la brisa me traía la voz helada del Diablo.
Después, apareciste tú
y la memoria se derritió
como un violín azul entre mis dedos,
uniéndonos como río y cebra.
Y el Diablo se fue,
dejando la calle solitaria
y las campanas mojadas.
Escuché tu voz
en el rumor de las hojas
que el viento arrastra por la calle.
Y al cerrar los ojos,
te dibujé en la penumbra,
silenciosa y firme,
como un árbol que espera la lluvia,
mientras el suelo sabe a naranja.


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