TARDE FRESCA

 


La lluvia ha enfriado el verano,

los pinos dejan caer sus peces verdes.


El aire fresco sabe a menta

y una nube cae despacio 

sobre mi boca.


Llueve sobre las ventanas,

sobre una silla vacía

que recuerda a alguien.


El sol se pone un sombrero de agua,

goteando los limoneros.

Es un olor fresco

capaz de encubrir el cadáver 

que hay debajo.


Una mosca golpea el cristal.

Otra vez.

Otra vez.

En la calle no pasa nadie.


Solo se escucha, a lo lejos,

algo que rueda sobre el agua.


Por fin, un melón atraviesa la plaza

montado en bicicleta.


Y yo con mis dedos fríos 

sigo buscando tu boca,

tus labios con sabor a melón.

Tratando de evitar el olor corrompido

del cuerpo abandonado.


Y me engaño creyendo 

que aún soy joven 

y que el verano será fresco como antaño.
















MINUTOS USADOS

 



Por la ventana un frío blanco

deja en la boca un sable

y aquel niño muerto juega en silencio

con los juguetes que aún recuerdo.


Yo lo veo en el espejo,

concentrado en su juego,

con su traje de vaquero 

llovía como llueven las voces.


Pero aquella casa no existe 

y ahora en la esquina

vendo minutos usados

mientras contemplo el último sol.


Todo ha crecido demasiado;

nada cabe por el agujero 

donde antes pasaban los sueños.


















SUPER WEEN

 







En cada instante que respiro

se desliza una sombra fría a mi lado

pintando los muros bajo el aire dormido.


En el patio la lluvia empieza a caer

y Super Ween planea por el claustro sombrío.


El polvo regresará a mi celda

y yo con la nariz amarilla,

teñida de ámbar y relámpago,

rescataré ese mundo antiguo 

donde el agua silenciosa aclara la madera.


Pero, ahora, bajo la lluvia fresca

viene ese anciano de traje gastado,

que afina la guitarra con dedos de humo.


Super Ween lo ve primero,

con su luz ácida de limón,

girando en círculos sobre su sombra,

mientras el blues se derrama

como un río espeso.


Y en el portal, 

donde el aire sabe a fresa,

aquel hombre negro se inclina hacia mí.

Su sonrisa tiembla

y sus notas esconden bajo la piel 

un precio húmedo.


Cuando me ofrece el sombrero,

la luz se vuelve polvo

y yo lo miro mojado,

con el agua resbalando sobre mi cráneo.


Y entonces descubro que Super Ween 

ya no vuela a mi lado 

y las llamas no se apagan 

en los ojos azules del anciano.














EL AIRE ENTRE DOS MANCHAS

 



Fuera huele a tierra mojada, 

dentro, a patio que refresca la lluvia. 

La memoria cruje como azúcar húmedo

sobre una tapicería blanca, 

bordada con la pureza de la infancia.


El ascensor no funciona:

tiene ojos de talco

y arrastra un lodo espeso

que huele a sobremesa

de antiguo sábado.


El aire sabe a cobre,

la luz, la sombra

me descentran el camino.


Sólo soy yo

bajo el azul de la cúpula:

el cielo suena a agua limpia

y desprende un olor frío, sagrado.


El mundo es limpio y sucio:

herida perfumada,

jabón manchado de tierra.

Imposible

respirar uno sin tragar el otro.


Dos cucarachas del Júcar

recorren la mesa donde laten los senos

y el viento sopla hacia el palmeral

con un rumor verde

que sabe a verano.


Ella es una casa abierta,

con olor a ropa tendida

y a cuerpos que no se han ido.


Cuando me toco,

el agua borra lo turbio con su música clara.

Y queda mi colonia,

en ese filo entre limpio y sucio

donde tu piel

se lava con la noche.







LA TEXTURA DE TU AUSENCIA

 


No sé en qué hora exacta 

el aire tenía sabor a vidrio 

y las paredes respiraban como animales dormidos.


Te vi pasar suavemente,

en la parte más húmeda del pensamiento.


Todo estaba ligeramente roto sin romperse.


Pero luego ocurrió algo: 

te sentaste en la esquina

como un cuerpo que no reconoce su forma.


Tu ausencia tenía textura de pan frío

y se deshacía entre los dedos.


Te busqué en lo cotidiano,

en el borde de una taza,

pero los relojes crecían hacia dentro,

sabían más que yo sobre tu desaparición.


Y entonces entendí, 

que quizás me enamoré sin haberlo sabido

por la forma en que yo inventaba tu presencia.


Porque el amor no ocurrió cuando estabas,

sino cuando dejaste de estar

y seguiste ocurriendo.


O cuando tu carne luminosa 

cayó dentro de mi oído.












AZÚCAR QUEMADO

 



Había un cansancio húmedo en la mañana,

un tambor leve goteando sobre el banco.


Entre el desvelo, se movían los calamares y barcos de la persiana.


Y al abrir el temblor de la cortina, tu cuerpo moreno y delgado sabía a herrumbre: azúcar quemado.


Vi tu rostro en la superficie del café 

y al beberlo se me deshacía en la boca tu jugo, 

un dulzor amargo


como azúcar quemado.


Y la luz de tu nombre se abrió paso como ámbar turbio,

como si aún quedara en la noche algo tuyo sin terminar de irse.
















CANTO DEL CHORIZO IMPOSIBLE







Yo grito desde la despensa del universo,

suspendido en la cocina del recuerdo.


Guardo estrellas en tarros de vidrio.


Los recuerdos cuelgan del techo

como embutidos mal curados.


Y el chorizo duerme colgado 

como un hombre gordo,

con polvo de cometa en los labios.


En 1984 

yo estaba en la esquina sentado,

con la boca llena de un verano que aún mastico.


Y aquel anuncio antiguo,

cuya imagen tenía un temblor leve,

brillaba en el aire amarillo.


Había grano, había brío;

se anunciaba "El Pamplonica",

un aroma rosado y frío.


Y el corredor de San Fermín,

corría pesadamente dentro de mi cráneo.


Oh ruido rojo,

el tiempo fue pasando.

bajo el aire quieto,

bajo la sal de los sueños.


Tú apareciste hace poco,

con esa claridad que tienen algunas personas.


Tu presencia era un sabor limpio.


Hablabas como si entendieras algo 

que yo había perdido.


Porque el tiempo no dolía todavía en tu mano.

Y fuiste cortando el aire en lonchas invisibles.


Vino el cuchillo y gritó en blanco.


Partió el tiempo

como si fuera carne blanda.


Cada loncha duele,

late en rojo lento.


Y el pimentón arde en silencio.


Yo canto el sabor que se extiende en la boca, 

como un río dorado que no vuelve.


Yo canto a tu cuerpo delgado y desnudo.


Porque pronto serás 

otro embutido flotando en el techo.


Y al final,

queda el chorizo y su canto imposible,

colgado en la despensa del universo,

donde aún se pudre mi infancia

contra el cuchillo.