Yo grito desde la despensa del universo,
suspendido en la cocina del recuerdo.
Guardo estrellas en tarros de vidrio.
Los recuerdos cuelgan del techo
como embutidos mal curados.
Y el chorizo duerme colgado
como un hombre gordo,
con polvo de cometa en los labios.
En 1984
yo estaba en la esquina sentado,
con la boca llena de un verano que aún mastico.
Y aquel anuncio antiguo,
cuya imagen tenía un temblor leve,
brillaba en el aire amarillo.
Había grano, había brío;
se anunciaba "El Pamplonica",
un aroma rosado y frío.
Y el corredor de San Fermín,
corría pesadamente dentro de mi cráneo.
Oh ruido rojo,
te mastico, vibras
como azúcar quemado.
Y el tiempo fue pasando.
Tan solo, bajo el aire quieto,
como antes de recordar.
Tú apareciste hace poco,
con esa claridad que tienen algunas personas.
Tu presencia era un sabor limpio.
Hablabas como si entendieras algo
que yo había perdido.
Porque el tiempo no dolía todavía en tu mano.
Y fuiste cortando el aire en lonchas invisibles.
Vino el cuchillo y gritó en blanco.
Partió el tiempo
como si fuera carne blanda.
Cada loncha duele,
late en rojo lento.
Y el pimentón arde en silencio.
Yo canto el sabor que se extiende en la boca,
como un río dorado que no vuelve.
Yo canto a tu cuerpo delgado y desnudo.
Porque pronto serás
otro embutido flotando en el techo.
Y al final,
queda el chorizo y su canto imposible,
colgado en la despensa del universo,
donde aún se pudre mi infancia
contra el cuchillo.

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