AZÚCAR QUEMADO

 



Había un cansancio húmedo en la mañana,

un tambor leve goteando sobre el banco.


Entre el desvelo, se movían los calamares y barcos de la persiana.


Y al abrir el temblor de la cortina, tu cuerpo moreno y delgado sabía a herrumbre: azúcar quemado.


Vi tu rostro en la superficie del café 

y al beberlo se me deshacía en la boca tu jugo, 

un dulzor amargo


como azúcar quemado.


Y la luz de tu nombre se abrió paso como ámbar turbio,

como si aún quedara en la noche algo tuyo sin terminar de irse.
















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