Aquel viernes, frente a los Grandes Almacenes,
ondeaban camisas recién nacidas
que olían a pan
y trajes de nube bien planchada.
La gente levantaba los ojos
y allí estaba Don Julio,
presidiendo el universo con su canotier
y su bigote de algodón,
hasta que las puertas se cerraban
como ojos cansados.
Y, a mitad de la tarde,
se escuchaba el estruendo
del bastón de Don Julio,
abriendo la cabeza del verano
hasta derramar su fruta encarnada.
Y aquella sangre dulce
esperaba la madera y el olor de las telas humildes,
mientras los maniquíes recordaban haber sido personas.
Julio, julio,
sol derramado en los escaparates,
limón abierto en el aire,
los pasos del gentío suenan como cucharas.
Entonces, nos dijeron que el pasado era gris
para que no mirásemos su luz,
que la vida era más pobre y triste.
Pero yo te recuerdo en la tarde detenida,
silbando junto a los obreros con una sonrisa.
Ahora paso por ese mismo lugar
y veo escaparates como velorios impostados,
los velos ocultando los cabellos del cierzo.
Y arriba, en lo alto, frías oficinas
donde archivan los huesos de la tarde.
Pero cuando cierro los ojos,
veo a Don Julio sorteando aquel coche azul,
que ahora es un coche fúnebre
recorriendo Zaragoza en tránsito.
Y me quedo allí, disperso,
como una silla fuera del tiempo
y escucho el silbido antiguo de los obreros
salir de una grieta del asfalto.
Esperando que vuelva la conversación sencilla,
como en aquella tarde española;
con el cuerpo partido en ambas orillas.

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