En cada instante que respiro
se desliza una sombra fría a mi lado
pintando los muros bajo el aire dormido.
En el patio la lluvia empieza a caer
y Super Ween planea por el claustro sombrío.
El polvo regresará a mi celda
y yo con la nariz amarilla,
teñida de ámbar y relámpago,
rescataré ese mundo antiguo
donde el agua silenciosa aclara la madera.
Y entonces vendrá
ese anciano de traje gastado,
que afina la guitarra con dedos de humo.
Super Ween lo verá primero,
con su luz ácida de limón,
girando en círculos sobre su sombra,
mientras el blues se derrama
como un río espeso.
Y en el portal,
donde el aire sabe a fresa,
aquel hombre negro se inclina hacia mí.
Su sonrisa tiembla
y sus notas esconden bajo la piel
un precio húmedo.
Cuando me ofrece el sombrero,
la luz se vuelve polvo
y yo lo miro mojado,
con el agua resbalando sobre mi cráneo.
Y entonces descubro que Super Ween
ya no vuela a mi lado
y las llamas no se apagan
en los ojos azules del anciano.






