Fuera huele a tierra mojada,
dentro, a patio que refresca la lluvia.
La memoria cruje como azúcar húmedo
sobre una tapicería blanca,
bordada con la pureza de la infancia.
El ascensor no funciona:
tiene ojos de talco
y arrastra un lodo espeso
que huele a sobremesa
de antiguo sábado.
El aire sabe a cobre,
la luz, la sombra
me descentran el camino.
Sólo soy yo
bajo el azul de la cúpula:
el cielo suena a agua limpia
y desprende un olor frío, sagrado.
El mundo es limpio y sucio:
herida perfumada,
jabón manchado de tierra.
Imposible
respirar uno sin tragar el otro.
Dos cucarachas del Júcar
recorren la mesa donde laten los senos
y el viento sopla hacia el palmeral
con un rumor verde
que sabe a verano.
Ella es una casa abierta,
con olor a ropa tendida
y a cuerpos que no se han ido.
Cuando me toco,
el agua borra lo turbio con su música clara.
Y queda mi colonia,
en ese filo entre limpio y sucio
donde tu piel
se lava con la noche.
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