Por la ventana un frío blanco
deja en la boca un sable
y aquel niño muerto juega en silencio
con los juguetes que aún recuerdo.
Yo lo veo en el espejo,
concentrado en su juego,
con su traje de vaquero
llovía como llueven las voces.
Pero aquella casa no existe
y ahora en la esquina
vendo minutos usados
mientras contemplo el último sol.
Todo ha crecido demasiado;
nada cabe por el agujero
donde antes pasaban los sueños.

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