NO CREO EN LA AMISTAD

 


Quiero agradecerte el faro que pasas conmigo

y el vaso de agua que me ofreces con la sombra de tus manos.

Me he triturado largos años,

buscando la forma del silencio,

dejando pequeñas huellas de presencia

en los hombros que se cruzan a mi paso.

Quizás un día hagamos el amor 

como un mantel doblado.

Pero antes, quiero agradecerte tu compañía  

y bajar una estrella helada 

para que la calientes con tus labios.













ROHMERIANA

 


¡Oh, Mujer de hueso luminoso!

Eres delgada como la culpa de los santos,

como el espacio entre dos pensamientos

que casi se rozan.


En tu cintura 

hay una geometría suave de lo intacto,

porque no es el tiempo

quien ha pasado por tu cuerpo,

sino una forma más lenta de luz.


Y por eso tu cuerpo,

delgado y recién nacido,

es una sílaba verde.

Y cada gota que te recorre

lleva el frescor de los limones en la luna.


Porque tu piel es un idioma de frutas

que el verano, solo, recuerda.

Y cada gota de lluvia 

escribe un secreto dulce en tu cuerpo.


Eres madura y adolescente,

tersa y transparente

y cuando deseo morderte

decides ser río,

haciendo perder los bordes al mundo.

















POEMA ESTROPEADO


 

No he visto tu rostro, 

ni la luna cortando tu cabello 

en las lámparas que flotan.


No he escuchado tu voz,

pero me rasgas

como un cuchillo de agua verde.


Cada gesto tuyo, invisible,

esculpe la forma de tu misterio.

Naces en la distancia, 

como un dulce caído del sol.


Y yo nado a contracorriente,

porque los ríos suben hacia la luna 

para encontrarte.















RÍO Y CEBRA

 






En otro tiempo, las hojas temblaban

y la brisa me traía la voz helada del Diablo.


Después, apareciste tú

y la memoria se derritió 

como un violín azul entre mis dedos,

uniéndonos como río y cebra.


Y el Diablo se fue,

dejando la calle solitaria

y las campanas mojadas.


Escuché tu voz 

en el rumor de las hojas

que el viento arrastra por la calle.


Y al cerrar los ojos,

te dibujé en la penumbra,

silenciosa y firme,

como un árbol que espera la lluvia,

mientras el suelo sabe a naranja.













HABLAMOS DE ROHMER

 






No llegaste con ruido,

ni con la luz violenta de los relámpagos.

Traías pájaros dormidos

que respiraban como lámparas,

como quien entra en una casa

que ya conoce desde siempre.


Era la tarde, las sillas tenían frío,

las paredes pesaban como ropa mojada.


Te sentaste en la silla donde nadie se sienta

y la silla comenzó a florecer.

Apoyaste tus pies cerca del pan

y el techo se llenó de trigo,

dejando tu sombra colgada en el perchero.

Hablamos de Rohmer,

en medio de un mar 

creado con tus ojos verdes.















SERRANO SUÑER, EL DANDY

 





En un ascensor que baja hacia ninguna parte,

Ramón Serrano Suñer se ajusta el nudo de la corbata.

Al fondo, rígido y solemne como una estatua sumeria,

Adolf Hitler mastica cuadrados con gestos de piedra ensayada

y entre ambos crece una mesa interminable 

donde sirven y se comen mapas crudos.

Serrano despliega su abanico 

y baila el charlestón sobre la cabeza de Hitler,

quien exige colaboración con gesto pesado,

pero Serrano despliega su elegancia y lo convierte en humo educado;

vestido de Raquel Meller con una sacra peineta, 

le canta con gallardía "La Violetera".

Y Hitler aplaude y aplaude y cae derrotado sobre el sofá,

tapándose el rostro con su mano de piedra.

España... no participará en la guerra.

Serrano Suñer se dirige a los generales;

-Ustedes son maestros del arte militar...

pero mis zapatos brillan más que toda la espuma del mar.

Y los nazis con una lágrima surcada se inclinan ante su cortesía afilada.

"Yo os libré" dice Serrano, mientras un espejo le guiña el ojo

y le llama “Marqués de las sombras bien planchadas”.

"Yo os libré" dice a un ejército de maniquíes,

y ellos aplauden con manos de madera húmeda,

mientras Franco bosteza sellos de infarto.

A Madrid llegan las noticias;

España no irá a la guerra.

Que lo interpretes como quieras;

España, no irá a la guerra.

Y en su despacho, pausadamente, Serrano Suñer se abrocha los gemelos.

Es un dandy y su efigie huele a colonia y cuero

y su bigote peinado con escuadra y compás

rivaliza en simetría con el de Clark Gable

y sus modales son tan finos

que sus palabras se derriten como el más caro foiegras.

Serrano Suñer conversa largamente con un pez de mármol,

mientras Francia se derrite en su taza

y recuerda emocionado a sus hermanos fusilados.

"Yo os libré" recita 

y una multitud de sillas vacías aplaude,

quizás ya presintiendo aquellos que borrarán sus pasos, 

su elegante labor diplomática hasta el amaneramiento,

como una firma olvidada en el agua.

Pero no importa el olvido, porque Serrano Suñer es un dandy

y el Conde Ciano lo imita y envidia.

Porque el español lleva en la solapa un reloj sin horas,

y en los bolsillos, cartas perfumadas

que laten y saben a mandrágora.

Ah Serrano Suñer, a cuántas mujeres embarazaste, 

hasta quedarte encoñadisimo, cuñadisimo

del oleaje 

y la Iglesia puso el grifo en el cielo 

pidieron tu cabeza de plata 

y al final sin remedio tu cuñado te apeó del viaje tras construirle un estado 

y viviste cien años surcando la década de los ochenta en la Clave y otros documentales 

diciendo una y otra vez yo os libré

yo os libré 

como yo te libro ahora caballero dandy  follador del régimen 

y te digo que nadie hubo allí nunca

tan sabio y elegante.



















Gran Teatro De La Reserva Federal

 


Polillas verdes,

un banquero sin rostro,

los espantapájaros se manifiestan,

los presidentes son maniquíes,

los hilos bajan de un techo que nadie mira.

El interruptor en la nuca del mundo.

El gigante dormido pisa fuerte, 

pero bajo sus pies un pequeño grupo 

cambia de lugar el suelo.

Hay una bóveda con gargantas embalsamadas, 

presidentes, generales, economistas, conservados en formol de obediencia.

Y abajo —siempre abajo— la multitud muerde el anzuelo equivocado. 

Oh, sistema digestivo del capital, 

intestino infinito con cifras de traje.

La democracia habla, habla y habla, 

pero dentro sólo hay cables y un contador averiado.

El poder no tiene rostro, ni bandera, 

sólo balance trimestral.

Los arquitectos recolocan piezas de ajedrez hechas con huesos.

El sistema no duerme, 

extiende cheques que América no puede pagar

y después, un día, como en la antigüedad, todo será cubierto por el mar.

Vajillas intactas, violines petrificados inflándose como medusas entre candelabros. 

John Jacob Astor IV, un magnate que dijo “no” al engranaje, 

y cuyo apellido pesaba más que su equipaje,

ahora descansa con los peces en el fondo del Titanic.

Los icebergs son montañas obedientes, 

que aparecen exactamente donde la historia necesita borrar una página.

La historia oficial es un acuario limpio, 

sin sangre, sin corrientes profundas, 

pero si rompes el vidrio 

sale un mar lleno de telegramas ahogados.

Presente. Ausente. Hundido.

Kennedy quiso abrir la caja torácica, 

secar la tinta negra,

devolver las arterias de papel al pueblo,

pero el cráneo del poder es frágil cuando mira hacia arriba.

La orden ejecutiva 11110 no era un número; era un cuchillo administrativo deslizado 

entre las costillas 

de un monstruo vacío y sin nombre. 

Tres relámpagos secos atravesaron el mediodía, 

un ataúd descapotable salpicando a la multitud,

como una lluvia roja imposible de desclasificar.

El poder no siempre mata con balas.

Afuera, la multitud grita contra el viento,

sin notar que el viento tiene dueño.

La mano que fijó al insecto con un alfiler

no aparece en los libros de historia.

Nadie puede entenderte cuando llevas la boca llena de monedas 

y pronuncias la palabra libertad.

El sistema parpadea

y cada vez que parpadea,

algún país despierta sin futuro

y con una factura clavada en la frente

como una etiqueta de supermercado,

perteneciente al grupo Rothschild.

No, los americanos no son dueños de su dinero,

sólo siervos de un testaferro.