Polillas verdes,
un banquero sin rostro,
los espantapájaros se manifiestan,
los presidentes son maniquíes,
los hilos bajan de un techo que nadie mira.
El interruptor en la nuca del mundo.
El gigante dormido pisa fuerte,
pero bajo sus pies un pequeño grupo
cambia de lugar el suelo.
Hay una bóveda con gargantas embalsamadas,
presidentes, generales, economistas, conservados en formol de obediencia.
Y abajo —siempre abajo— la multitud muerde el anzuelo equivocado.
Oh, sistema digestivo del capital,
intestino infinito con cifras de traje.
La democracia habla, habla y habla,
pero dentro sólo hay cables y un contador averiado.
El poder no tiene rostro, ni bandera,
sólo balance trimestral.
Los arquitectos recolocan piezas de ajedrez hechas con huesos.
El sistema no duerme,
extiende cheques que América no puede pagar
y después, un día, como en la antigüedad, todo será cubierto por el mar.
Vajillas intactas, violines petrificados inflándose como medusas entre candelabros.
John Jacob Astor IV, un magnate que dijo “no” al engranaje,
y cuyo apellido pesaba más que su equipaje,
ahora descansa con los peces en el fondo del Titanic.
Los icebergs son montañas obedientes,
que aparecen exactamente donde la historia necesita borrar una página.
La historia oficial es un acuario limpio,
sin sangre, sin corrientes profundas,
pero si rompes el vidrio
sale un mar lleno de telegramas ahogados.
Presente. Ausente. Hundido.
Kennedy quiso abrir la caja torácica,
secar la tinta negra,
devolver las arterias de papel al pueblo,
pero el cráneo del poder es frágil cuando mira hacia arriba.
La orden ejecutiva 11110 no era un número; era un cuchillo administrativo deslizado
entre las costillas
de un monstruo vacío y sin nombre.
Tres relámpagos secos atravesaron el mediodía,
un ataúd descapotable salpicando a la multitud,
como una lluvia roja imposible de desclasificar.
El poder no siempre mata con balas.
Afuera, la multitud grita contra el viento,
sin notar que el viento tiene dueño.
La mano que fijó al insecto con un alfiler
no aparece en los libros de historia.
Nadie puede entenderte cuando llevas la boca llena de monedas
y pronuncias la palabra libertad.
El sistema parpadea
y cada vez que parpadea,
algún país despierta sin futuro
y con una factura clavada en la frente
como una etiqueta de supermercado,
perteneciente al grupo Rothschild.
No, los americanos no son dueños de su dinero,
sólo siervos de un testaferro.

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