En torres de cristal
los Rothschild dibujan mapas de sombra,
ojos de tinta goteando en las billeteras.
Cada imperio caído es una mariposa
que se estrella contra sus vitrinas.
En Frankfurt y París, Madrid y Londres,
la sangre de los imperios caídos
corre por cañerías de oro pulido.
Los gobiernos, insectos de luz,
se inclinan ante su sombra líquida.
Un gran buho les protege y siembran guerras,
constelaciones de deuda, bolsa de valores,
banquetes donde se decide quién cae,
quién se eleva.
Los libros de historia tiemblan ante su dedo afilado,
los templos financieros son sus catedrales:
cúpulas de humo, vitrales de cifra.
Los bancos son dragones,
cada escama, cada préstamo es un conjuro.
No hay escape en el oro,
porque la sombra de los Rothschild
estira los hilos de los planetas
hasta alterar la geografía de los continentes
y el mundo es arcilla en sus palmas
hiriendo a las estrellas de muerte
porque ellos son un agujero
que engulle la memoria del mundo
convirtiéndonos en una proyección de su voluntad
quebrados juguetes en manos de testaferros
cuyo poder no existe
más allá del Gran Arquitecto.

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